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Muchas veces el estado de ánimo de una madre está condicionado por sus momentos de aislamiento o de expansión. Realizar actividades que les gusten, además de sus obligaciones diarias, es mucho más importante de lo que en un principio parece. Ello afectará positivamente a toda la familia.
1. Tiempo libre para una madre
Son muchas las madres cuyo trabajo es exclusivamente el del hogar y la familia. Son mujeres entregadas a las tareas domésticas y al cuidado de sus hijos. La mayoría de ellas no tienen quien les ayude y, en ocasiones, se encuentran con un exceso de trabajo que es continuo y no cesa hasta que acaba el día.
El trabajo que realizan no se ajusta a ningún horario. Comienzan su jornada cuando se levantan y terminan cuando se van a la cama. Apenas tienen tiempo para descansar pues los niños pequeños y, sobre todo, los bebés, demandan mucha atención.
En el caso de que también trabajen fuera de sus casas, es necesario que cuenten con ayuda en las tareas domésticas y en el cuidado de los pequeños. Compatibilizar un horario laboral con niños pequeños es imposible si no tienen ayuda.
Por lo general, aunque parezca lo contrario, las madres que trabajan fuera del hogar tienen más disponibilidad de tiempo libre para practicar algún hobby, que quienes se dedican exclusivamente al cuidado de sus pequeños. Esto se debe normalmente a que cuentan con alguien que les echa una mano en los quehaceres diarios y en el cuidado de sus hijos.
Todas las madres ansían un poco de tiempo libre al día. Para conseguirlo, es fundamental que tengan una buena organización tanto en las labores de la casa como en el horario de comidas y de sueño de los hijos. De ello dependerá su tiempo de descanso y de ocio. Si todas las noches los pequeños se acuestan temprano, dispondrán de un par de horas libres para conversar con su marido, ver la televisión o leer un libro. Pero sobre todo podrán relajarse de las obligaciones diarias.
A lo largo del día, deberían disponer también de un poco de tiempo para ellas, para estar solas, bien para descansar o para evadirse realizando actividades que les gusten: deporte, manualidades, baile, leer, etc. La maternidad, aunque es algo maravilloso, absorbe mucho tiempo y si las madres no ponen empeño y no se organizan, no podrán realizar aquellas actividades que tanto desean.
2. Practicar un entretenimiento
Los hobbies son una necesidad para la mayoría de las personas. Les libera de las rutinas y les permite encontrarse mejor con ellas mismas. Supone una liberación de cargas diarias, un momento de expansión y un poco de respiro a lo largo del día.
Los hobbies aportan grandes beneficios a toda la familia. La razón de que una madre esté relajada y tranquila a veces se debe al desarrollo de actividades que le gustan, además les hacen liberar tensiones. Es muy frustrante para muchas mujeres tener hijos y dejar de hacer todo aquello que tanto les divertía.
Este deseo de realizar algún hobby no se puede considerar como un capricho. Para la mayoría de las madres es una necesidad y una ayuda muy importante para estar más relajadas, con mejor humor, despejadas y alegres. Y por tanto, un beneficio para toda la familia y para mantener una mayor estabilidad emocional.
Ser madre no debe significar renunciar a las aficiones o hobbies que tanto nos gustan. Si somos realistas y no tenemos ayuda en las tareas del hogar ni con los hijos, será más complicado, pero con una buena organización y con un marido responsable en sus labores de padre será más fácil. Para conseguirlo, no debe ser en detrimento o perjuicio de los demás.
3. La colaboración de la pareja
Pareja. Su colaboración es esencial para descargar de estrés a la madre.
Cuando tienen hijos, algunas mujeres tienen que renunciar hasta lo que entonces había sido su vida. Sus relaciones sociales se limitan considerablemente por tener que ajustarse al horario del recién nacido. Sus aficiones también tienen que abandonarlas por no disponer de tiempo para ellas.
Aunque la maternidad es la experiencia más gratificante para cualquier mujer, implica muchas renuncias personales.
La colaboración de la pareja es imprescindible.
Deben explicarle a su pareja lo importante que es para ellas sentirse sola un rato para practicar su hobby y así salir de la rutina cotidiana. Esto favorecerá su equilibrio emocional y logrará reponer fuerzas en la agotadora tarea de criar a un hijo.
Deben explicarle también que para ello necesitan contar con su ayuda y su colaboración.
4. Cómo pueden realizar sus hobbies
Cuando a una persona le gusta realizar un tipo de hobby, es muy frustrante no poder practicarlo por circunstancias ajenas a su voluntad. En el caso de madres con niños pequeños, el problema principal radica en dejar a los niños con alguien el tiempo suficiente para realizar esa afición.
Debido a los grandes beneficios que aporta practicar un hobby, es aconsejable hacer todo lo posible para disponer de un poco de tiempo al día para realizarlo.
A continuación ofrecemos una serie de sugerencias:
- Es fundamental disponer de tiempo para ello. La única forma de hacerlo si no tienes ayuda en casa y tus hijos no tienen edad de ir a la guardería, es organizándote bien en las tareas domésticas. Como probablemente, no podrás llevar a tu pequeño contigo, cuenta con tus padres, hermanos o alguna persona de confianza. Pero sobre todo, háblalo con tu marido y que él te facilite ese rato al día para que tú puedas descansar de la casa y de los niños.
- Haz que tu marido ejerza su paternidad de forma responsable, encargándose él también del cuidado de los niños y asumiendo que tú necesitas salir de casa para realizar actividades que te gustan y te benefician.
- Puede ocurrir que realmente no tengas con quien dejar a tu pequeño para practicar tu hobby y que tu marido tenga un horario laboral imposible de compatibilizar con tu tiempo libre. No obstante, eso no significa que tengas que renunciar a hacer aquello que tanto te gusta. Tan sólo tendrás que esperar un poco de tiempo hasta que tu bebé crezca y puedas llevarlo a una guardería o colegio. Entonces, podrás retomar tu afición.
Dª. Trinidad Aparicio Pérez

Nuestras madres nos hacían el Toddy. Y nos untaban las tostadas con mucha mermelada para que almacenáramos energía. Esa parte era encantadora, pero también es cierto que cuando los platos ya estaban lavados, las camas hechas, el marido y los hijos alimentados, ellas rumiaban su insatisfacción
por los rincones, y algo se les iba incrustando en el rictus a medida que envejecían. Fueron ellas, si mal no recuerdo, las que más énfasis pusieron en que estudiáramos. Tener una carrera era la utopía de aquellas amas de casa atornilladas al televisor y viviendo aventuras delegadas en las actrices que se salían precisamente de madre cuando el flechazo las unía inevitablemente a un pobre, a un rico, a un hombre que no era el indicado. Ellas vivieron la vida indicada, encerradas y abnegadas, pero no nos
inculcaron la abnegación, la cualidad que durante siglos fue la virtud por excelencia de la buena mujer.
Las que somos jefas de hogar no tenemos alternativa y nuestros hijos lo saben. No salimos a la calle de la mañana a la noche para cumplir un sueño, ni para tomarnos revancha de nada, ni para realizarnos, como torpemente se describía en el pasado a la coherencia entre pensamiento y acto. En el mundo
masculino, a eso se le llama tener suerte: hacer encajar lo útil con lo agradable, vivir vocacionalmente, disfrutar del trabajo y la familia. En el mundo femenino, la presunta “realización” implicaba hacer de una misma una obra distinta de lo esperable, “realizarse” era incorporar las fantasías a la trama esquiva de la realidad, que sólo nos tenía reservados, en el mejor de los casos, un par de buenos partidos para elegir el que más nos gustara. Nuestros hijos crecieron con madres apuradas que no memorizan el nombre de la profesora de matemáticas. No les cosimos a mano sus disfraces de damas antiguas ni de tamborcitos de Tacuarí, no los esperamos a la vuelta del colegio con bizcochuelos humeantes, ni cumplimos tan rigurosamente como era esperable con el tratamiento odontológico de flúor. Nos ven ir al gimnasio y comprarnos lencería de encaje y de alguna manera vaga pero contundente saben que, además de ser sus madres, somos mujeres ávidas que no quieren perderse su porción de fiesta. Somos deseantes. Y no lo toleran. Los chicos ahora reclaman un poco de aquella abnegación de la que fuimos
tristes testigos. Nosotras hubiésemos mandado a nuestras propias madres a trabajar, a perderse en el mundo, a desentenderse un rato de nosotras, a gestionar sus ideas y sus sueños, a encariñarse con ellas mismas para evitarles aquel rictus, ese enojo de quien no sabe a quién culpar por su abulia y por la pobreza del paisaje que se ve desde la única ventana disponible.
Los chicos ahora nos tiran de la soga para que volvamos temprano y la cena esté lista, y no haya delivery y sí un flan casero, de tanto en tanto. Reclaman presencia, reclaman atención, reclaman calor de hogar y milanesas crocantes, acaso para poder evocarnos a través de olores y sabores, y no a
través de simples paseos por el shopping o llamadas al celular para que sepan que estamos pendientes de ellos, aunque estemos tironeadas y en plena reunión importantísima.
Y una no sabe cómo fue que los equilibrios se fueron al demonio, y nuestras vidas no sólo son muy diferentes de las de nuestras madres sino, casi podría decirse, su contracara. Los adolescentes son expertos en reproches, son escultores de reproches, los perfeccionan, los afilan, los elevan a la
categoría de manifiestos. Hoy nos están pidiendo que aflojemos el ritmo y les sigamos contando cuentos, como cuando eran chicos. Quieren que estemos disponibles para contarles que mamá los ama, que mamá los mima, aunque su agenda de esta semana esté muy complicada, aunque lleguemos a casa demasiado reventadas como para ayudarlos con las tareas. Estos chicos son chicos que
nunca sintieron sobre sus espaldas el peso de un interés único, aplastante, exclusivo: nos vieron insomnes al lado de sus camas cuando tenían mucha fiebre, pero también nos vieron vestirnos, maquillarnos, darles un beso y avisarles que los llamaríamos cada dos horas, desde el trabajo. Esa angustia finita y filosa que sentimos las madres trabajadoras cuando nos tironean el afuera y el adentro, no les alcanza, no la saben, la ignoran. ¿Cómo tramitarán, en sus propias vidas, estos reproches que nos hacen? ¿Qué harán con lo que dicen que les falta? ¿Buscarán la manera de ser madres pendientes de la hora de la merienda, o llegará el momento en el que comprenderán que la maternidad nos ilumina el camino, pero el camino no termina en ella?
Por Sandra Russo
Nuestras madres nos hacían el Toddy. Y nos untaban las tostadas con mucha mermelada para que almacenáramos energía. Esa parte era encantadora, pero también es cierto que cuando los platos ya estaban lavados, las camas hechas, el marido y los hijos alimentados, ellas rumiaban su insatisfacción
por los rincones, y algo se les iba incrustando en el rictus a medida que envejecían. Fueron ellas, si mal no recuerdo, las que más énfasis pusieron en que estudiáramos. Tener una carrera era la utopía de aquellas amas de casa atornilladas al televisor y viviendo aventuras delegadas en las actrices que se salían precisamente de madre cuando el flechazo las unía inevitablemente a un pobre, a un rico, a un hombre que no era el indicado. Ellas vivieron la vida indicada, encerradas y abnegadas, pero no nos
inculcaron la abnegación, la cualidad que durante siglos fue la virtud por excelencia de la buena mujer.
Las que somos jefas de hogar no tenemos alternativa y nuestros hijos lo saben. No salimos a la calle de la mañana a la noche para cumplir un sueño, ni para tomarnos revancha de nada, ni para realizarnos, como torpemente se describía en el pasado a la coherencia entre pensamiento y acto. En el mundo
masculino, a eso se le llama tener suerte: hacer encajar lo útil con lo agradable, vivir vocacionalmente, disfrutar del trabajo y la familia. En el mundo femenino, la presunta “realización” implicaba hacer de una misma una obra distinta de lo esperable, “realizarse” era incorporar las fantasías a la trama esquiva de la realidad, que sólo nos tenía reservados, en el mejor de los casos, un par de buenos partidos para elegir el que más nos gustara. Nuestros hijos crecieron con madres apuradas que no memorizan el nombre de la profesora de matemáticas. No les cosimos a mano sus disfraces de damas antiguas ni de tamborcitos de Tacuarí, no los esperamos a la vuelta del colegio con bizcochuelos humeantes, ni cumplimos tan rigurosamente como era esperable con el tratamiento odontológico de flúor. Nos ven ir al gimnasio y comprarnos lencería de encaje y de alguna manera vaga pero contundente saben que, además de ser sus madres, somos mujeres ávidas que no quieren perderse su porción de fiesta. Somos deseantes. Y no lo toleran. Los chicos ahora reclaman un poco de aquella abnegación de la que fuimos
tristes testigos. Nosotras hubiésemos mandado a nuestras propias madres a trabajar, a perderse en el mundo, a desentenderse un rato de nosotras, a gestionar sus ideas y sus sueños, a encariñarse con ellas mismas para evitarles aquel rictus, ese enojo de quien no sabe a quién culpar por su abulia y por la pobreza del paisaje que se ve desde la única ventana disponible.
Los chicos ahora nos tiran de la soga para que volvamos temprano y la cena esté lista, y no haya delivery y sí un flan casero, de tanto en tanto. Reclaman presencia, reclaman atención, reclaman calor de hogar y milanesas crocantes, acaso para poder evocarnos a través de olores y sabores, y no a
través de simples paseos por el shopping o llamadas al celular para que sepan que estamos pendientes de ellos, aunque estemos tironeadas y en plena reunión importantísima.
Y una no sabe cómo fue que los equilibrios se fueron al demonio, y nuestras vidas no sólo son muy diferentes de las de nuestras madres sino, casi podría decirse, su contracara. Los adolescentes son expertos en reproches, son escultores de reproches, los perfeccionan, los afilan, los elevan a la
categoría de manifiestos. Hoy nos están pidiendo que aflojemos el ritmo y les sigamos contando cuentos, como cuando eran chicos. Quieren que estemos disponibles para contarles que mamá los ama, que mamá los mima, aunque su agenda de esta semana esté muy complicada, aunque lleguemos a casa demasiado reventadas como para ayudarlos con las tareas. Estos chicos son chicos que
nunca sintieron sobre sus espaldas el peso de un interés único, aplastante, exclusivo: nos vieron insomnes al lado de sus camas cuando tenían mucha fiebre, pero también nos vieron vestirnos, maquillarnos, darles un beso y avisarles que los llamaríamos cada dos horas, desde el trabajo. Esa angustia finita y filosa que sentimos las madres trabajadoras cuando nos tironean el afuera y el adentro, no les alcanza, no la saben, la ignoran. ¿Cómo tramitarán, en sus propias vidas, estos reproches que nos hacen? ¿Qué harán con lo que dicen que les falta? ¿Buscarán la manera de ser madres pendientes de la hora de la merienda, o llegará el momento en el que comprenderán que la maternidad nos ilumina el camino, pero el camino no termina en ella?
Por Sandra Russo
Alguien dijo que un niño se lleva en el vientre durante nueve meses.
Ser mamá es una tarea complicada, pero los hijos, a pesar de ser mayores, la hacemos más difícil. Piensa en esto:
No poner límites es una especie de abandono por parte de los adultos
Hay un periodo cuando los padres quedamos huérfanos de nuestros hijos. Es que los niños crecen independientemente de nosotros, como árboles murmurantes y pájaros imprudentes. Crecen sin pedir permiso a la vida. Crecen con una estridencia alegre y, a veces, con alardeada arrogancia. Pero no crecen todos los días, crecen de repente.
Somos las primeras generaciones de padres decididos a no repetir con los hijos los errores de nuestros progenitores. Y en el esfuerzo de abolir los abusos del pasado, somos los más dedicados y comprensivos pero a la vez los más débiles e inseguros que ha dado la historia. Lo grave es que estamos lidiando con unos niños más "igualados", beligerantes y poderosos que nunca.
Parto vertical. Parto horizontal. Parto en el aire, en el agua, en la cama, en el campo. Parto de a uno, de a dos, en familia, por cesárea, parto de urgencia. Parto.
MATERNIDAD Y FEMINIDAD EN EL LEGADO
A partir de los 50 es necesario desprenderse de ciertos estereotipos —como la relación incondicional con los hijos— para producir cambios que benefician tanto a las mujeres como a su entorno afectivo.
Las madres de este mundo merecen el mayor respeto debido a que tienen el mayor poder y la mayor responsabilidad: hacer surgir y nutrir vida nueva. La prosperidad de cada familia, cada sociedad o nación, aun del mundo entero, en última instancia, descansa sobre sus hombros.
Si algo hemos descubierto las mujeres después de muchos esfuerzos es que ya no podemos esperar que la solución nos llegue desde afuera, como el beso de la Bella Durmiente. Algo tenemos que hacer por nuestra cuenta para avanzar hacia nuestra verdadera identidad, ese núcleo puramente femenino que está allá, en lo profundo de nosotras, y que desconocemos.
Enseñarás a volar,
-"Mamita, cómo hueles de rico". (Eso me dice mi pequeña de seis años con quien estoy acostada conversando).
Un día fui a sacar el registro de conducir y la oficial que tomaba los datos, me pregunto cual era mi ocupación. No supe como etiquetar mi trabajo de "madre" y que responder.
Estábamos sentándonos a comer cuando mi hija casualmente menciona que ella y su esposo están pensando en "empezar una familia."
Es aprender a hacer todo con una sola mano.
Las mamás no somos abnegadas amantes del sacrificio, aguerridas y guerreras que todo lo podemos.
Todas las noches, cuando las madres se acuestan, el Ángel de la Guarda escucha un gran estruendo y comenta, con una sonrisa: son otra vez las madres, pidiendo por sus hijos.
Mi esposo llegó hoy a la casa y me vió sentada en el sofá con nuestro pequeño en una rodilla y amamantando a nuestro bebé del otro lado.
ANTES DE SER MAMÁ...
De no haber tenido hijos, probablemente hubiera contado con más cosas materiales. Quizás hubiera viajado mucho y dormido a placer, y me hubiera dado más gustos. Mi vida habría sido mucho más aburrida y previsible. Como resultado de mi maternidad, he reído más intensamente y he llorado con mayor frecuencia. Me he preocupado más y he corrido más. He dormido menos, pero de una u otra manera me he divertido más. Mi corazón ha experimentado mayor dolor, y he amado a un grado que trasciende todo lo que hubiera podido imaginar. He dado mucho más de mí misma y le he encontrado mayor sentido a la vida...Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/