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El análisis de los conflictos padecidos por las mujeres para conciliar la familia y el trabajo permite observar la construcción del "techo de cristal" en sus carreras laborales. Todavía persisten entre las parejas estudiadas actitudes tradicionales desde la perspectiva del género, que indican que las mujeres siguen siendo las principales responsables del escenario doméstico y del cuidado de los niños, especialmente cuando son pequeños.
Aunque ya no abandonan sus puestos de trabajo cuando tienen hijos, disminuyen su dedicación horaria al trabajo a favor del cuidado de los niños. Aun cuando conservan la misma dedicación horaria laboral, el tiempo poslaboral prosigue con una intensa energía psíquica de cuidados y atención de las necesidades de los hijos. Mientras tanto, sus maridos habitualmente dedican esos horarios a desarrollar alguna otra actividad laboral, o a hacer cursos de perfeccionamiento.
En lo referido a la capacitación de mujeres y varones dentro de la pareja, en tanto la actividad formativa de ellas se interrumpe con el nacimiento de su primer hijo, para los varones el nacimiento de sus hijos no implica la detención de sus actividades de formación. Cuando se requiere hacer viajes que mejoren las oportunidades laborales, mientras las mujeres renuncian a tales oportunidades, considerándolo beneficioso para su familia, sus maridos las aceptan considerando que será beneficioso para sí y para la familia. El renunciamiento de las mujeres implica considerar sólo el beneficio para la familia, mientras que los hombres proyectan un beneficio para sí y para la familia. De modo que, en la pareja, mientras ellas avanzan en el desarrollo de la carrera maternal, ellos avanzan en el desarrollo de su carrera laboral.
Muchas mujeres han logrado altos puestos en sus trabajos gracias a estar sobrecalificadas profesionalmente, por haber obtenido títulos y conocimientos avanzados antes del nacimiento de sus hijos. Sin embargo, cuando tienen niños pequeños estos niveles de sobrecalificación no son sostenidos y renuncian a oportunidades laborales de nivel superior porque pueden ser contrarios a la dedicación que requieren sus hijos.
Cuando igualmente intentan sostener tales posiciones laborales, el sentimiento de culpa, de sobreesfuerzo y frustración es de tal índole que desarrollan manifestaciones psicosomáticas que dan cuenta del conflicto.
Un resultado de esta condición, promovido también por las todavía escasas oportunidades laborales existentes en nuestro país y por los salarios aún bajos, es que este grupo de mujeres se sienten desalentadas para seguir adelante con sus carreras laborales.
Aquellas que tienen hijos un poco más grandes y rasgos de personalidad con actitudes de empuje, de iniciativa y que han conservado su inserción laboral, desarrollan un tipo de deseos ambiciosos que las alientan a buscar nuevos recursos y/o mejorar los anteriores. Cuando a esto se suma alguna situación de crisis vital (migraciones, divorcios, etc.) estos deseos ambiciosos pueden potenciarse cambiando a posiciones subjetivas que las llevan a buscar trabajos para obtener logros económicos, con habilidades para la negociación de horarios, de salario, de actividades, apuntando a un desarrollo laboral que mejore sus perspectivas futuras y no sólo que les ofrezca comodidad o placer en el presente.
Muchas mujeres comentan decepcionadas acerca del fracaso de antiguos valores como el de la meritocracia, que les indicaba que si eran talentosas y se esforzaban suficientemente en su capacitación, lograrían una inserción laboral acorde con sus méritos. La ideología liberal que sustenta los principios de que si una persona es perseverante, capaz y hace méritos suficientes podrá ascender rápidamente hacia posiciones de éxito laboral, según el modelo androcéntrico del self made man, es la que se pone en cuestión en esta oportunidad, por su carácter de discriminación sexista.
La realidad les muestra que no todos los puestos de trabajo están disponibles para las mujeres, a pesar de su creciente capacitación.
Si bien las mujeres hemos iniciado una verdadera "revolución silenciosa" en el interior de nuestras familias y de nuestras carreras laborales, es necesario que también los hombres realicen su "revolución silenciosa" en los vínculos familiares y conyugales, y que también forme parte de la subjetivación del género masculino el trabajo de amar y cuidar.
De lo contrario, nos mantendremos dentro de la vieja dicotomía en que las mujeres ejercen el poder de los afectos, y los hombres el poder racional y económico. Se trataría de que, en una sociedad un poco más justa y equitativa para todos, construyamos subjetividades con ambas capacidades, para ser desplegadas en la intimidad familiar y en la vida laboral.
Esta es una propuesta viable para resquebrajar el "techo de cristal", o más aún, para que quizá ni siquiera se construya.
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