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CAMBIOS EN LA SUBJETIVIDAD FEMENINA CONTEMPORANEA
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Aman a un hombre pero tienen sexo con otro; por otra parte, dudan y dudan –como siempre lo hicieron los varones obsesivos– acerca de cada decisión; buscan a padres que hoy no existen... pero quizá ya no los buscan más. He aquí algunos posibles “fenómenos nuevos” en la feminidad actual.
Por COLETTE SOLER *
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¿Hay síntomas inéditos en la mujer contemporánea? La “degradación de la vida amorosa”, el desdoblamiento entre el objeto de amor y el objeto del deseo que Freud diagnosticó en los hombres, no parece evitar a las mujeres: la evolución de las costumbres contemporáneas hace aparecer fenómenos nuevos. Hoy, una vez liberadas de la única elección del matrimonio, muchas mujeres aman por un lado y desean o gozan por el otro. Evidentemente, necesitaban escaparse de la picota de la institución de un lazo exclusivo y definitivo, para que se pueda observar que los diversos partenaires de una mujer se sitúan de un lado o del otro: del lado del órgano que satisface el goce sexual, o del lado del amor, y que la convergencia sobre el mismo objeto se realiza como una configuración entre otras.
Existe otro cambio: son las nuevas inhibiciones femeninas. Me lo explico así; hay inhibición sólo allí donde hay elección posible, incluso imperativa. Allí donde el deseo no está solicitado, allí donde hay sólo impedimento, la duda obsesiva sobre la realización o la decisión no se puede manifestar. La emancipación que multiplica las posibilidades, que permite a la mujer determinarse en función de sus deseos, escoger tener un hijo o no, casarse o no, cuando lo quiere, si lo quiere, también trabajar o no, hace aparecer el hecho de que el drama de la inhibición no es una especialidad masculina. Más aún porque, por efecto del discurso, todo lo que no es prohibido se vuelve obligatorio. Entonces, vemos en las mujeres el mismo distanciamiento ante el acto que en el hombre obsesivo, las mismas dudas frente a las decisiones fundamentales, ante los compromisos definitivos, y particularmente en el ámbito del amor. El hombre –en singular– y el niño, los dos deseados pero aplazados hasta un mejor encuentro, pertenecen a la clínica cotidiana de hoy y son a menudo el origen de una demanda de análisis. Así, la extensión de lo unisexo al conjunto de las conductas sociales se acompaña de una homogeneización de gran parte de la sintomatología.
Sin embargo, evocaré una configuración típicamente femenina, que me parece a la vez frecuente y muy actual. No una mujer de treinta años, sino más bien una que se acerca a los cuarenta, soltera, que por lo general trabaja, que goza de la libre disposición de su intimidad, y que comienza a percibir que el tiempo pasa y que, si quiere tener un hijo, debe apurarse para encontrar un hombre digno de ser padre, a menos que su elección sea la de tener un hijo sola. La contracepción, unida a la legalidad del aborto, ha separado más radicalmente que nunca reproducción y acto sexual; lo que obliga a las mujeres no sólo a decidir si tener un hijo, sino, a menudo, a asumir la elección del padre –la edad y la esterilidad quedan como únicos factores para introducir a veces un imposible–. Las coyunturas del deseo de hijo han cambiado y engendran nuevos dramas subjetivos y nuevos síntomas. Sin embargo, traen para las mujeres un poder nuevo que, pienso yo, podría tener consecuencias masivas.
Evoco aquí lo que llamaré las mujeres en el papel de hombre. Diógenes, en su ironía, pretendía buscar a un hombre. Hoy, muchas mujeres buscan a un padre... para el hijo venidero. ¡Nuevas elecciones, nuevos tormentos, nuevas quejas! Las configuraciones son múltiples: busco a un padre, pero no soporto vivir con un hombre; busco a un padre pero los que encuentro no quieren tener hijos; busco a un padre pero no lo encuentro; lo quiero pero no lo imagino en el papel de padre. El paso siguiente consiste en darle la lección al padre sobre lo que debe ser un padre; reprocharse el padre elegido, o no perdonarse haberles dado tal padre a los hijos.
No se trata de cuestionar las libertades que condicionan la disyunción entre procreación y amor; tampoco se trata de desconocer la escasa libertad para escoger que el inconsciente deja realmente al sujeto. Pero podemos constatar que, de hecho, estas nuevas libertades ponen a las mujeres en una nueva posición que les permite, más que nunca, hacerse juez y medidoras del padre. Así se desarrolla un discurso de la responsabilidad materna potenciada, que va hasta superar la del padre. Ese discurso trasmite algo como una metáfora paterna invertida o, al menos, hace evidente la carencia paterna propia de nuestra civilización, en la medida en que instituye la mujer-madre en posición de sujeto supuesto saber del ser padre. Se percibe muy bien, además, que el “busco a un padre”, como el “busco a un hombre” de Diógenes, significa un “no lo hay”, al menos digno de mi exigencia.
Madre acusada
En el lazo social actual, la madre o su sustituto es, cada vez más a menudo, el compañero preponderante, incluso exclusivo, del niño, o al menos el único estable. Hay una configuración que se volvió bastante común: una madre con su hijo o con sus hijos, a los que eventualmente se suma un hombre –o una serie de hombres que se suceden–, aquel que se llama “el amigo de mi madre”. Las configuraciones concretas son múltiples y variadas, pero la movilidad de los lazos sociales y amorosos da al cara a cara del hijo con su madre un peso nuevo en la historia, y esto no puede ser sin consecuencias subjetivas.
Hay un discurso previo sobre la madre que la hace objeto vital por excelencia: el polo de las primeras emociones sensuales, la figura que cautiva la nostalgia esencial del hablante-ser, el símbolo mismo del amor. Los ecos vuelven, ciertamente, en los dichos de los analizantes pero, en lo esencial, ellos acentúan otra cosa: la angustia y el reproche. Para situar esta diferencia entre los discursos, evocaré dos ejemplos que tienen el mérito de poner en escena de manera contrastada, entre la madre y el hijo, el imaginario de la castración. De un lado, el dicho de una mujer analizante que recuerda la hija que ella fue para su madre; del otro, el recuerdo emocionado que un hijo guardó de una madre excepcional.
Ella recuerda: debe tener ocho o nueve años, tiene una magnífica cabellera con dos largas trenzas. Ese día, su madre le anuncia: “Vamos a la peluquería a cortarte las trenzas”. Ella le suplica pero no hay nada que hacer, ¡el sorprendente proyecto de su madre es hacerse un postizo para sí misma! Hoy, la analizante, madre ella misma, guarda todavía en lo alto de un armario ese postizo, que su madre nunca se atrevió a utilizar. La otra anécdota es inversa. Se trata de un hijo que no es analizante pero músico famoso, Pablo Casals. En ese entonces, él vivía en París, por voluntad de su madre que, casi sin recursos, quería para él escuelas dignas de su genio. Un día volvió a casa irreconocible: había vendido su abundante y bella cabellera, alegremente sacrificada a la vocación de su hijo. En este caso, es la gratitud idealizante y la nostalgia del objeto perdido que aureolan el recuerdo.
Por el contrario, en la asociación libre, en todas las variantes individuales, la madre aparece más bien como acusada. Imperativa, posesiva, obscena o, al contrario, indiferente, fría y mortífera, demasiado aquí o demasiado allá, demasiado atenta o demasiado distante, ella atiborra o priva, se preocupa o descuida, rechaza o colma: es la figura de sus primeras angustias, el lugar de un insondable enigma y de una oscura amenaza. En el centro del inconsciente siempre están las faltas de la madre, incluso a veces, cuando se trata de las hijas, los estragos, dice Lacan.
Lacan tuvo que polemizar con los adeptos del cuerpo a cuerpo silencioso que, se supone, junta en una unidad primaria a la madre y al hijo. Los poderes del verbo llegan lejos, hasta regular el goce, y la madre es la primera representante de esos poderes, ya que introduce al niño en la demanda articulada, impone la oferta en la cual él se aliena: doble oferta, la lengua en la que va a demandar y la respuesta que viene del Otro.
Allí es donde la voluntad materna disputa con su amor y el niño puede poner a prueba su autoridad y su capricho. Pienso, por ejemplo, en cierta madre para quien era un honor que cada uno de sus hijos dominara sus esfínteres ya en su primer cumpleaños. El gran principio moderno –opuesto al de Sade– según el cual nadie tiene derecho a disponer del cuerpo del otro, encuentra su tope en esta zona límite del cuidado materno; la primera humanización del cuerpo está abierta a los excesos, a las transgresiones; antes de que entre en juego para el niño la diferencia de los sexos, está en una trampa al “servicio sexual de la madre” (J. Lacan, Escritos 2), en posición de fetiche y a veces de víctima.
Esta decadencia de la mediación paterna viene acompañada por el incremento de especialistas de todo tipo, como si se entendiera que las madres no pueden asumir solas la humanización completa de su hijo. Son muchos los que se ofrecen para interponerse en la pareja primaria a fin de decir a las madres lo que deben hacer o no hacer. A veces, incluso el mismo pedopsicoanalista, si lo puedo decir, no vacila en presentarse como Otro del Otro materno, para dar consejos a las madres. Es el caso de Donald Winnicott y Françoise Dolto. En realidad, conocemos este proceso desde el famoso caso del pequeño Hans, de Freud: en el momento en que una familia está en vía de descomponerse, el “Profesor” es llamado en la medida en que se presenta una carencia de padre.
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* Extractado de Lo que Lacan dijo de las mujeres, de próxima aparición (ed. Paidós).

UN PROBLEMA QUE NO ENCUENTRA FRENO
Hay dos denuncias de violencia familiar por hora
En los últimos 12 años se cuadruplicaron las demandas ante la Cámara Civil porteña y en la provincia de Buenos Aires hay un 20 por ciento más de casos que en 2005. Las mujeres ya no callan, pero reaccionan después de los golpes. Falta prevención y asistencia a las víctimas.
Pablo Calvo.
Clarin 16/7/06
Claudia toma un café en el Gato Negro y se sumerge en su mar de recuerdos arremolinados. Tiene 29 años, baila, canta y trabaja como extra en publicidad. Una chalina bordó le abraza el pecho. Hace tres años le había escrito a Clarín, impactada por una nota sobre maltrato infantil. Para esa época, había recobrado la memoria de su infancia, que mantuvo borrada entre los 15 y los 24 años. Gritos, puñetazos, vejaciones, un diente roto. Eran las imágenes que la sacudían desde el pasado. Hoy, mientras cae la noche y suena el murmullo de la avenida Corrientes. Claudia decide que es el momento de contar su verdad: "Mi casa fue un infierno. Mi padre vivía golpeándonos. Abusó de mí cuando era niña y me dejó embarazada en la adolescencia. Me hicieron un aborto. Recién pude denunciarlo en la adultez, luego de salir del pozo de bulimia y alcoholismo en el que me arrojó. Son marcas para toda la vida, pero cuando decidí hacerle frente al problema, comencé a soñar con una reivindicación de mi dignidad".
Sus palabras brotan como los récords que ahora salen a la luz: en los primeros seis meses del año se radicaron 2.032 denuncias por violencia familiar en el área metropolitana y se atendieron 6.196 casos desde el Ministerio de Desarrollo Humano de la provincia de Buenos Aires. Si se combinan las dos cifras, el promedio es de casi dos ataques por hora en el hogar.
Las mujeres y los chicos son los más afectados, pero también los ancianos, las personas con discapacidad, hombres golpeados en situaciones de violencia cruzada y madres atacadas por sus hijos. Los datos del Poder Judicial señalan que en los últimos 12 años se cuadruplicó la cantidad de demandas por violencia familiar ante la Cámara Civil: de las 1.009 denuncias que se registraron en 1995, se llegó a 3.779 el año pasado y, al ritmo actual, se proyectan más de 4.000 para este año. El primer semestre de 2006, según esta medición, fue el más violento desde 1995.
Por otro lado, los más de seis mil casos atendidos por el Programa de Violencia Familiar de la provincia de Buenos Aires hablan de un incremento promedio del 20 por ciento de las cifras respecto del año pasado.
Son los indicadores más actualizados, pero "apenas muestra la punta del iceberg de una realidad mucho mayor", advierte Norberto Garrote, jefe del Servicio de Violencia Familiar del Hospital Pedro Elizalde. Es cierto, porque no relevan los casos del interior del país y la cifra global crece cuando se recorren las oficinas que escuchan a las víctimas:
La Dirección General de la Mujer porteña, por ejemplo, atendió el año pasado 12.739 llamadas por violencia familiar, y 1.707 por maltrato infanto-juvenil (línea gratuita 0800-666-68537). En los tres primeros meses de 2006, el Servicio de Asistencia a la Violencia Doméstica y Sexual atendió a 5.978 personas. Hubo derivaciones a los Centros Integrales de la Mujer y a casas de refugio y de reinserción a la vida social.
La guardia de abogados del Consejo de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes porteño recibió un 40 por ciento más de consultas por violencia familiar que el año pasado. Y el maltrato infantil, según los llamados a la línea 102, saltó de 445 casos en el 2003 a 2.162 dos años después.
El Cuerpo Interdisciplinario de Protección contra la Violencia Familiar, del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, encargado de elaborar los informes de riesgo que derivan en medidas de protección de las víctimas, recibe ahora unos 20 expedientes por día, una cantidad que hace 10 años se registraba en una semana. Además, son casos más complejos, porque "antes nos llegaban dos hojitas con el resumen de la situación, ahora vienen carpetas enteras, en muchos casos de violencia crónica, que se soluciona un día pero al tiempo vuelve a ocurrir", explicaron fuentes de ese equipo (4379-1719/1736).
A modo de ejemplo de lo que pasó en el interior entre enero y junio, se informó que los tribunales de Rosario recibieron 875 nuevas denuncias y que la Dirección de Atención a la Víctima de Catamarca atendió más de 500 consultas telefónicas.
"Apreciamos un incremento de organismos que hacen detección y promueven la denuncia, pero no se ha multiplicado del mismo modo la oferta de servicios asistenciales y psicoterapéuticos del fenómeno de la violencia. Ese sigue siendo el déficit", evalúa Garrote, uno de los principales expertos del país.
Claudia termina el café y cuenta que buscó ayuda en la Asociación Argentina de Prevención de la Violencia Familiar (4953-1268), donde consideran válido su testimonio, ratificado ante la Justicia. "Tengo tres hermanos que también sufrieron agresiones. A veces nos defendíamos unos a otros, pero el castigo, la revancha, era peor. Luego se tapó todo, todos preferían evitar el tema. A veces lo niegan", es la versión de la chica de la chalina bordó.
"La verdadera epidemia es la extrema naturalización del maltrato emocional —agrega la psicóloga Graciela Ferreira, presidenta de esa Asociación—, por ejemplo en las actitudes y verbalizaciones que utilizan los adultos para dirigirse a los chicos, sobre todo de los que se creen 'clase media educada'".
"La violencia es un fenómeno emocional. Como dicen las víctimas: 'El golpe pasa, pero la experiencia emocional de la humillación, la inferiorización, y el terror queda para siempre'. Luego, provoca una cadena sin fin de sufrimientos, porque el comportamiento violento se reproduce. El maltratado puede ser un potencial maltratador", explica Ferreira, en diálogo con Clarín.
Garrote aclara que puede haber un pequeño porcentaje de "denuncias mentirosas", por ejemplo en casos controvertidos de divorcio, donde un cónyuge quiere hacerle daño al otro, atribuyéndole comportamientos violentos hacia la pareja o hacia los hijos.
El abogado Osvaldo Ortemberg, dedicado hace 40 años a casos de familia, señala que "hoy, en la clase media, hay un grado muy intenso de violencia familiar, por ejemplo cuando no alcanza el dinero, cuando hay asimetrías en los ingresos, sobre todo en favor de la mujer, y porque se verifican desde hace un tiempo fuertes desequilibrios emocionales, tanto en hombres como en mujeres".
Ortemberg dice que hasta los clientes aumentaron su nivel de agresividad: "Hace 30 años, el abogado era tratado como un médico de familia, con mucho respeto, pero ahora no, la persona violenta quiere manejar todo y, a veces, le quita la confianza a su propio abogado". Sin embargo, descubre un aspecto positivo del registro que da cuenta del aumento de las denuncias: "No perdamos de vista que tiene que ver también con el avance de los derechos del niño y de la mujer". El debilitamiento de la "aceptación social" del hombre machista y golpeador forma parte de esa contracara. Un refuerzo de la idea: en 1995 fueron denunciados por agresión sólo 18 padres, mientras que en los primeros seis meses de este año ya van 623, otro récord.
Si bien la Justicia no puede resolver por sí sola el fenómeno de la violencia familiar —se acude a ella cuando el ataque ya se perpetró—, hay resortes que podrían funcionar mejor. Hace dos años, la Corte Suprema dispuso la creación de la Oficina de Violencia Doméstica, para atender casos durante las 24 horas, pero la idea aún no se concretó. "Está demorado, porque hay que nombrar empleados y falta presupuesto", señalaron fuentes judiciales.
La protección legal tampoco parece suficiente. El Ministerio del Interior estableció el programa "Las víctimas contra la violencia", que analizará las falencias de la legislación nacional y provincial sobre violencia familiar y buscará consensuar la propuesta de una nueva ley con distintos sectores de la sociedad.
¿Cuáles son esas falencias? Por ejemplo, que la Ley 24.417, la principal en materia de violencia familiar, no establece con precisión políticas estatales de prevención, consideran sus críticos.
Ante el hecho de violencia, la Justicia deriva a los involucrados a tratamientos que no se cumplen o no dan resultado, porque la agresión, tarde o temprano, se repite.
Lo que nunca hay que hacer, coinciden todos los especialistas consultados, es callar.
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Un refugio en la casa de Rubén Darío
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Hay un cuento de Rubén Darío, El Dios bueno, que comienza con aroma a chocolate. Lo disfrutan chicos de un hospicio, protegidos allí de la guerra. Rezan, charlan, juegan. De repente, un bombardeo se burla de la bandera blanca que servía de escudo. Cañonazos, granadas. La muerte se acerca a la camita de una nena llamada Lea, pero ella junta las manos y exclama: —¡Oh buen Dios! ¡No seas malo!
El poeta nicaragüense pasó por la Argentina y vivió en una quinta del partido bonaerense de Moreno, que hoy, como en el cuento, funciona como refugio de chicos y jóvenes con discapacidad mental. Fueron víctimas del maltrato familiar y son atendidos por la Fundación Villa Angela.
Pasa una chica sin nombre que espera desde hace seis meses una pericia judicial, para que las instituciones confirmen algo que ella ya sabe: que fue lastimada por un familiar, antes de quedar abandonada. Se sienta al borde de la granja un chico que tiene el 80 por ciento del cuerpo quemado. Reconstruye el vivero un joven que suele volver de sus salidas semanales con la ropa ensangrentada. En la Navidad, un cohete incendió el techo plástico que debía proteger a las plantas de la helada, como el bombardeo enfurecido del cuento.
Sobrevivieron helechos, ficus y lazos de amor, cuyo cuidado sirve de terapia a los chicos hospedados. Es que, detrás del cartel oxidado que avisa que allí vivió el poeta, funciona desde 1998 el Programa de Prevención contra el Abuso, Abandono y Maltrato de las Personas con Discapacidad, uno de los tantos esfuerzos que se hacen desde la sociedad, sin apoyo del Estado, para atender las consecuencias de la violencia familiar.
"Estas víctimas tienen una desventaja adicional: no se pueden defender, no tienen voz para denunciar, son víctimas silenciosas", explica Sandra Balbuena, la profesora de educación especial que está a cargo del hogar. (Ayudas al 4468-1702).
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El shock en los chicos "testigos"
A veces, no es necesario tener moretones para sufrir en la piel la violencia familiar. Lo saben los chicos que son "testigos de violencia", una de las formas del maltrato emocional que no figura en las estadísticas de denuncias judiciales, pero que provoca consecuencias severas, según los especialistas consultados por Clarín.
La orden de guardar silencio o la idea equivocada de no querer "delatar" a los padres que se golpean, así como la retención de imágenes violentas de la infancia, pueden provocar en esos chicos daños psicológicos graves. Además, es una de las causas de las constantes huidas del hogar de los niños afectados por problemas de violencia y maltrato. También es muy común el comportamiento antisocial de esos chicos.
El mes pasado, un adolescente de 15 años se refugió en la iglesia San Miguel Arcángel, de Rosario, escapando de la violencia en su hogar. "Le preguntamos si quería volver a su casa, pero él se negó", contó el padre Segundo a la prensa local. Al parecer, era tanto testigo como víctima.
(en la foto: TERAPIA. EN LA CASA DE RUBEN DARIO, JOVENES CUIDAN ANIMALES Y PLANTAS COMO FORMA DE RECUPERACION.)
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