Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2006.
Nuestras madres nos hacían el Toddy. Y nos untaban las tostadas con mucha mermelada para que almacenáramos energía. Esa parte era encantadora, pero también es cierto que cuando los platos ya estaban lavados, las camas hechas, el marido y los hijos alimentados, ellas rumiaban su insatisfacción
por los rincones, y algo se les iba incrustando en el rictus a medida que envejecían. Fueron ellas, si mal no recuerdo, las que más énfasis pusieron en que estudiáramos. Tener una carrera era la utopía de aquellas amas de casa atornilladas al televisor y viviendo aventuras delegadas en las actrices que se salían precisamente de madre cuando el flechazo las unía inevitablemente a un pobre, a un rico, a un hombre que no era el indicado. Ellas vivieron la vida indicada, encerradas y abnegadas, pero no nos
inculcaron la abnegación, la cualidad que durante siglos fue la virtud por excelencia de la buena mujer.
Las que somos jefas de hogar no tenemos alternativa y nuestros hijos lo saben. No salimos a la calle de la mañana a la noche para cumplir un sueño, ni para tomarnos revancha de nada, ni para realizarnos, como torpemente se describía en el pasado a la coherencia entre pensamiento y acto. En el mundo
masculino, a eso se le llama tener suerte: hacer encajar lo útil con lo agradable, vivir vocacionalmente, disfrutar del trabajo y la familia. En el mundo femenino, la presunta “realización” implicaba hacer de una misma una obra distinta de lo esperable, “realizarse” era incorporar las fantasías a la trama esquiva de la realidad, que sólo nos tenía reservados, en el mejor de los casos, un par de buenos partidos para elegir el que más nos gustara. Nuestros hijos crecieron con madres apuradas que no memorizan el nombre de la profesora de matemáticas. No les cosimos a mano sus disfraces de damas antiguas ni de tamborcitos de Tacuarí, no los esperamos a la vuelta del colegio con bizcochuelos humeantes, ni cumplimos tan rigurosamente como era esperable con el tratamiento odontológico de flúor. Nos ven ir al gimnasio y comprarnos lencería de encaje y de alguna manera vaga pero contundente saben que, además de ser sus madres, somos mujeres ávidas que no quieren perderse su porción de fiesta. Somos deseantes. Y no lo toleran. Los chicos ahora reclaman un poco de aquella abnegación de la que fuimos
tristes testigos. Nosotras hubiésemos mandado a nuestras propias madres a trabajar, a perderse en el mundo, a desentenderse un rato de nosotras, a gestionar sus ideas y sus sueños, a encariñarse con ellas mismas para evitarles aquel rictus, ese enojo de quien no sabe a quién culpar por su abulia y por la pobreza del paisaje que se ve desde la única ventana disponible.
Los chicos ahora nos tiran de la soga para que volvamos temprano y la cena esté lista, y no haya delivery y sí un flan casero, de tanto en tanto. Reclaman presencia, reclaman atención, reclaman calor de hogar y milanesas crocantes, acaso para poder evocarnos a través de olores y sabores, y no a
través de simples paseos por el shopping o llamadas al celular para que sepan que estamos pendientes de ellos, aunque estemos tironeadas y en plena reunión importantísima.
Y una no sabe cómo fue que los equilibrios se fueron al demonio, y nuestras vidas no sólo son muy diferentes de las de nuestras madres sino, casi podría decirse, su contracara. Los adolescentes son expertos en reproches, son escultores de reproches, los perfeccionan, los afilan, los elevan a la
categoría de manifiestos. Hoy nos están pidiendo que aflojemos el ritmo y les sigamos contando cuentos, como cuando eran chicos. Quieren que estemos disponibles para contarles que mamá los ama, que mamá los mima, aunque su agenda de esta semana esté muy complicada, aunque lleguemos a casa demasiado reventadas como para ayudarlos con las tareas. Estos chicos son chicos que
nunca sintieron sobre sus espaldas el peso de un interés único, aplastante, exclusivo: nos vieron insomnes al lado de sus camas cuando tenían mucha fiebre, pero también nos vieron vestirnos, maquillarnos, darles un beso y avisarles que los llamaríamos cada dos horas, desde el trabajo. Esa angustia finita y filosa que sentimos las madres trabajadoras cuando nos tironean el afuera y el adentro, no les alcanza, no la saben, la ignoran. ¿Cómo tramitarán, en sus propias vidas, estos reproches que nos hacen? ¿Qué harán con lo que dicen que les falta? ¿Buscarán la manera de ser madres pendientes de la hora de la merienda, o llegará el momento en el que comprenderán que la maternidad nos ilumina el camino, pero el camino no termina en ella?
Por Sandra Russo

Nuestras madres nos hacían el Toddy. Y nos untaban las tostadas con mucha mermelada para que almacenáramos energía. Esa parte era encantadora, pero también es cierto que cuando los platos ya estaban lavados, las camas hechas, el marido y los hijos alimentados, ellas rumiaban su insatisfacción
por los rincones, y algo se les iba incrustando en el rictus a medida que envejecían. Fueron ellas, si mal no recuerdo, las que más énfasis pusieron en que estudiáramos. Tener una carrera era la utopía de aquellas amas de casa atornilladas al televisor y viviendo aventuras delegadas en las actrices que se salían precisamente de madre cuando el flechazo las unía inevitablemente a un pobre, a un rico, a un hombre que no era el indicado. Ellas vivieron la vida indicada, encerradas y abnegadas, pero no nos
inculcaron la abnegación, la cualidad que durante siglos fue la virtud por excelencia de la buena mujer.
Las que somos jefas de hogar no tenemos alternativa y nuestros hijos lo saben. No salimos a la calle de la mañana a la noche para cumplir un sueño, ni para tomarnos revancha de nada, ni para realizarnos, como torpemente se describía en el pasado a la coherencia entre pensamiento y acto. En el mundo
masculino, a eso se le llama tener suerte: hacer encajar lo útil con lo agradable, vivir vocacionalmente, disfrutar del trabajo y la familia. En el mundo femenino, la presunta “realización” implicaba hacer de una misma una obra distinta de lo esperable, “realizarse” era incorporar las fantasías a la trama esquiva de la realidad, que sólo nos tenía reservados, en el mejor de los casos, un par de buenos partidos para elegir el que más nos gustara. Nuestros hijos crecieron con madres apuradas que no memorizan el nombre de la profesora de matemáticas. No les cosimos a mano sus disfraces de damas antiguas ni de tamborcitos de Tacuarí, no los esperamos a la vuelta del colegio con bizcochuelos humeantes, ni cumplimos tan rigurosamente como era esperable con el tratamiento odontológico de flúor. Nos ven ir al gimnasio y comprarnos lencería de encaje y de alguna manera vaga pero contundente saben que, además de ser sus madres, somos mujeres ávidas que no quieren perderse su porción de fiesta. Somos deseantes. Y no lo toleran. Los chicos ahora reclaman un poco de aquella abnegación de la que fuimos
tristes testigos. Nosotras hubiésemos mandado a nuestras propias madres a trabajar, a perderse en el mundo, a desentenderse un rato de nosotras, a gestionar sus ideas y sus sueños, a encariñarse con ellas mismas para evitarles aquel rictus, ese enojo de quien no sabe a quién culpar por su abulia y por la pobreza del paisaje que se ve desde la única ventana disponible.
Los chicos ahora nos tiran de la soga para que volvamos temprano y la cena esté lista, y no haya delivery y sí un flan casero, de tanto en tanto. Reclaman presencia, reclaman atención, reclaman calor de hogar y milanesas crocantes, acaso para poder evocarnos a través de olores y sabores, y no a
través de simples paseos por el shopping o llamadas al celular para que sepan que estamos pendientes de ellos, aunque estemos tironeadas y en plena reunión importantísima.
Y una no sabe cómo fue que los equilibrios se fueron al demonio, y nuestras vidas no sólo son muy diferentes de las de nuestras madres sino, casi podría decirse, su contracara. Los adolescentes son expertos en reproches, son escultores de reproches, los perfeccionan, los afilan, los elevan a la
categoría de manifiestos. Hoy nos están pidiendo que aflojemos el ritmo y les sigamos contando cuentos, como cuando eran chicos. Quieren que estemos disponibles para contarles que mamá los ama, que mamá los mima, aunque su agenda de esta semana esté muy complicada, aunque lleguemos a casa demasiado reventadas como para ayudarlos con las tareas. Estos chicos son chicos que
nunca sintieron sobre sus espaldas el peso de un interés único, aplastante, exclusivo: nos vieron insomnes al lado de sus camas cuando tenían mucha fiebre, pero también nos vieron vestirnos, maquillarnos, darles un beso y avisarles que los llamaríamos cada dos horas, desde el trabajo. Esa angustia finita y filosa que sentimos las madres trabajadoras cuando nos tironean el afuera y el adentro, no les alcanza, no la saben, la ignoran. ¿Cómo tramitarán, en sus propias vidas, estos reproches que nos hacen? ¿Qué harán con lo que dicen que les falta? ¿Buscarán la manera de ser madres pendientes de la hora de la merienda, o llegará el momento en el que comprenderán que la maternidad nos ilumina el camino, pero el camino no termina en ella?
Por Sandra Russo




Por la noche la soledad desespera 
Las que viven en regiones menos desarrolladas tienen menores posibilidades de acceder a empleos, a la educación y la salud. Y las estadísticas globales disimulan las profundas diferencias, señalan los expertos.
Dicen los críticos: la estadística es aquella ciencia que sirve para demostrar que dos personas han comido medio pollo cada una cuando, en realidad, una ha comido uno y la otra, nada. Esa distorsión que esconden algunos valores promedio fue la principal advertencia que circuló en un encuentro sobre la situación de la mujer en la Argentina: según los especialistas, algunos indicadores que dejan muy bien parado al país en el contexto internacional esconden desigualdades regionales y sectoriales muy profundas, disparidades que revelan que los avances en dirección a la equidad de género son, en muchos casos, por lo menos relativos.
Los extremos son elocuentes: la mortalidad materna, según datos del Ministerio de Salud del 2004, es de 4 mujeres cada 10.000 a nivel nacional. Pero en Chubut y Capital cae a menos de 2 y en La Rioja y Jujuy supera los 13 casos cada 10.000. La brecha asusta: la cantidad de mujeres que mueren por causas vinculadas al embarazo, el parto o el puerperio es, en el Norte, casi 10 veces superior. Algo similar ocurre con el porcentaje de mujeres madres que no terminaron la primaria: hay un abismo entre el abrumador 32,8% de Misiones y el 2,8% de Capital. Dos puntas que, a su vez, distan bastante del promedio nacional: 9,8%.
Hay más. El 14,5% de las madres argentinas tiene menos de 20 años, pero la maternidad adolescente no golpea igual en todos lados: en Capital, el porcentaje es de 6,2, y en Chaco, Formosa, Misiones y otras provincias de la región supera el 20%.
En lo que hace al acceso a la salud también la desigualdad es grande. Un dato: la tasa de mortalidad por cáncer de útero es del 6,5% en Capital y en Formosa, del 23,4%. Muertes que, en general, podrían evitarse con un sencillo papanicolau. Y eso para no hablar del 26% que no tiene cobertura social en Capital y del 60% que no la tiene en Corrientes, Formosa, Salta y Santiago.
Estos diagnósticos fueron difundidos en el Seminario "Las Metas del Milenio y la Igualdad de Género: el caso Argentina", celebrado en Buenos Aires el 16 de agosto por iniciativa de UNIFEM (Fondo de Desarrollo de la ONU para la Mujer). Allí, los especialistas alumbraron las situaciones dispares que viven las mujeres del país y advirtieron sobre la necesidad de desgranar promedios y relativizar el alcance de algunos avances en dirección a la equidad de género.
"Hablamos del mismo país, pero nos referimos claramente a Argentinas diferentes. En tanto no incorporemos indicadores más sensibles a las desigualdades de género, poco sabremos de muchas mujeres", aseguró la socióloga Claudia Giacometti, investigadora de CEPAL.
"Las mujeres argentinas no son un colectivo homogéneo. Provienen de distintos sectores, habitan en diferentes regiones y no tienen las mismas posibilidades de definir el curso de sus vidas", dijo la socióloga Eleonor Faur. "Al hablar del 'gran avance de la mujer' en general se hace referencia a las que pertenecen a clases medias y acomodadas, tienen mejores niveles educativos y han logrado, en ciertos casos, acceder a cargos de representación política o a algunos de los pocos puestos directivos en el mercado de empleo. Ampliando un poco la mirada, vemos otras realidades".
El reparto de responsabilidades domésticas también difiere mucho según a qué sector social pertenezca la mujer. Según datos de la Encuesta Permanente de Hogares, el 63% de las madres pobres con dos o más hijos no tiene trabajo, porcentaje que cae al 38% en mujeres de sectores medios con igual cantidad de hijos.
"Las mujeres de sectores más bajos tienen muchas más dificultades para insertarse en el mundo laboral, porque el peso de lo doméstico es mucho más fuerte sobre ellas que sobre las mujeres no pobres", asegura Giacometti. Y lo ilustra con un dato: sólo el 14% de los niños entre 3 y 5 años del 20% del sector más pobre va al jardín o a la guardería, mientras que en el 20% más rico esa porción trepa al 63%.
"Como los servicios de 3 y 4 años son ofrecidos mayormente por el sector privado, sólo acceden quienes pueden pagarlos. ¿Cómo hacen las mujeres pobres con hijos chicos para trabajar si no tienen donde dejarlos? ¿Cuál es el balance entre las remuneraciones que pueden obtener y el costo de las guarderías? ¿Por qué no se debaten las tareas de cuidado doméstico como responsabilidad social?". Las consecuencias están a la vista: mientras que el 38% de las no pobres no tiene ingreso, entre los pobres no tiene salario el 52% de las mujeres.
Faur coincide: "La tensión entre las responsabilidades laborales y las de la vida familiar atraviesan a todos los sectores, pero son muy diferentes las posibilidades de resolverlas de unas y otras". Es claro: en el país conviven estadísticas dignas de naciones como Suiza con indicadores propios de las más postergadas poblaciones africanas. Así de desigual están dadas las cosas si uno sumerge la mirada tierra adentro, en rincones con alto nivel de ruralidad y realidades alejadas de los avances que dicen tener a la mujer como estrella y protagonista.
Georgina Elustondo
Clarin 29/8/06

Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/